Esa mañana todo era normal, una mañana fría como tantas por acá, con esa neblina que esconde todo, las montañas, los edificios, la casa de enfrente, todo. Manuel se levantó, miró por la ventana y como en todas las mañanas frías lo único que quería era volverse a acostar, pero como siempre, no podía. Las obligaciones se convierten en prisión, tarde o temprano, por algo "obligación" viene de "obligar".
Manuel tomó su maleta y salió, esperó el bus como todos los días, trás diez minutos esperando empezó a impacientar, luego de quince a preocuparse, y a los veinte llegó la rabia, era definitivo que llegaba tarde a su trabajo, y eso era obviamente malo. Empezó a caminar, no le alcanzaba para un taxi, el 27 de mes nadie tiene para taxi, continuó caminando, una hora después, ya en la oficina nadie le dijo nada, lo cual ya era más que salido del cotidiano, en la oficina eran estrictos en los horarios.
Su jefe lo llamó a su oficina, le dijo que llevara unos papeles al segundo piso, al área de contabilidad. Extrañado por la normalidad le preguntó al jefe si todo estaba bien, y el señor le lanzó una mirada extraña, de incredulidad, y le preguntó en respuesta si no se había enterado de nada, de nuevo otra pregunta acerca de que se debería haber enterado y el jefe le explica que en la noche anterior habían dado un golpe de Estado, algo increíble, que muchas empresas y organizaciones estaban en paro, y todo el mundo estaba a la expectativa de lo que sucediera en las siguientes horas, pues la toma había sido tremendamente violenta pero nadie se hacía responsable, no había comunicados oficiales, rumores, por lo menos un chisme, nada. Manuel como muchos de los de su edad no era una persona que hablara de esos temas, el gobierno, los políticos y todo ese circo no eran de su incumbencia, interés o mucho menos
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